domingo, 12 de febrero de 2017

Cinco dudas cardinales y el brindis de Newman por la conciencia

Muchos cardenales escriben con regularidad al Papa pero la carta que éste recibió de manos del cardenal Carlo Cafarra el lunes 19 de septiembre de 2016 era del todo particular. Cuatro cardenales de renombre firmaban la epístola en la que formulaban cinco dudas a Francisco. Dos meses más tarde, ante la falta de respuesta, los cardenales decidieron compartir el contenido de la carta.

Bien pronto se presentó la iniciativa de esas cuatro personas como la oposición de unos cardenales contrarios a una supuesta línea aperturista del actual Pontífice, especialmente a raíz de la exhortación Amoris Laetitia y muy concretamente del capítulo VIII de ese documento.

Quien leyó con detenimiento el contenido íntegro de la carta de los cuatro cardenales pudo advertir por cuenta propia no sólo el respeto y la devoción con que se dirigen al Papa sino también la motivación de su iniciativa: una profunda preocupación pastoral por los católicos, el deseo de preservar y proteger la unidad de la fe y ayudar precisamente en cuanto cardenales (como les faculta el canon 349 del Código de Derecho Canónico) al cuidado universal de la Iglesia.

No era la primera vez que el tema general de la exhortación Amoris Laetitia se convertía en materia de una carta por parte de purpurados. En octubre de 2015, en pleno sínodo cuyo resultado sería un año después la Amoris Laetitia, 13 cardenales escribieron al Papa para manifestar cierta perplejidad por el rumbo que estaba tomando el sínodo. Entre los cardenales se contaban apellidos de renombre dentro y fuera de la curia romana: el miso Carlo Caffarra, entonces todavía arzobispo de Bolonia, Italia, teólogo, y anteriormente presidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia; Thomas C. Collins, arzobispo de Toronto, Canadá; Timothy M. Dolan, arzobispo de Nueva York, Estados Unidos; Willem J. Eijk, arzobispo de Utrecht, Holanda; Gerhard L. Müller, anteriormente obispo de Ratisbona, Alemania, y desde 2012 prefecto de la congregación para la doctrina de la fe; Wilfrid Fox Napier, arzobispo de Durban, Sudáfrica, presidente delegado del sínodo en curso, como lo fue también de la precedente sesión de octubre de 2014; George Pell, arzobispo emérito de Sydney, Australia, y desde 2014 prefecto de la Secretaría para la Economía de la Santa Sede; Robert Sarah, anteriormente arzobispo de Conakry, Guinea, y desde 2014 prefecto de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos; y Jorge L. Urosa Savino, arzobispo de Caracas, Venezuela.

Salvo el cardenal Cafarra, ninguno de los otros tres cardenales que firmaron la segunda carta lo hicieron con la primera. No obstante, los cuatro signatarios son grandes conocidos en el ámbito eclesial: Card. Walter Brandmüller, presidente emérito del Comité Pontificio de Ciencias Históricas; Card. Raymond L. Burke, patrono de la Orden de Malta y presidente emérito del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica; y Card. Joachim Meisner, arzobispo emérito de Colonia.

Gracias a una entrevista concedida al diario Il Foglio por el cardenal Cafarra, conocemos a detalle más particulares de las motivaciones de fondo que llevaron a esos cuatro eclesiásticos a plantear sus cinco dudas al obispo de Roma, por qué eligieron la manera como lo hicieron y otros puntos que ofrecen una mejor visión de conjunto (cf. “Non si può tradire la coscienza”, 14-15 de enero de 2017, p. 4).
“Creo que debe aclararse varias cosas. La carta –y las dudas anexas– fue largamente reflexionada por meses y largamente discutida entre nosotros. Por cuanto a mí respecta se rezó también largamente frente al Santísimo.

Éramos conscientes de que el gesto que estábamos cumpliendo era muy serio. Nuestras preocupaciones eran dos: la primera era no escandalizar a los pequeños en la fe. La segunda preocupación era que ninguna persona, creyente o no creyente, pudiera encontrar en la carta expresiones que ni de lejos parecieran siquiera como una mínima falta de respeto hacia el Papa. El texto final, por lo tanto, es el fruto de varias revisiones: textos revisados, rechazados, corregidos.
¿Qué nos llevó a este gesto? Una consideración de carácter general-estructural y una de carácter contingente-coyuntural. Empecemos por la primera. Existe para nosotros cardenales el grave debe r de aconsejar al Papa en el gobierno de la Iglesia. Es un deber y los deberes obligan. De carácter más contingente, sin embargo, es el hecho –que solo un ciego puede negar– que en la Iglesia existe una gran confusión, incertidumbre, inseguridad causada por algunos párrafos de Amoris Laetitia. Durante estos meses está ocurriendo que sobre las mismas cuestiones fundamentales referidas a economía sacramental (el matrimonio, la confesión y la Eucaristía) y a la vida cristiana, algunos obispos han dicho “A” y otros lo contrario de “A”. Ambos con la intención de interpretar bien los mismos textos.

Esto es un hecho innegable porque los hechos son tozudos, como decía David Hume. La vía de salida de este conflicto de interpretaciones era el recurso a criterios interpretativos teológicos fundamentales, usando los cuales pienso que se pueda razonablemente mostrar que Amoris Laetitia no contradice Familiaris Consortio. Personalmente, en encuentros públicos con laicos y sacerdotes he seguido siempre esta vía.

Nos dimos cuenta que este modelo epistemológico no era suficiente. El contraste entre estas dos interpretaciones continuaba. Sólo había un modo de tratar con ello: preguntar al autor del texto interpretado de dos maneras contradictorias cuál es la interpretación correcta. No hay otra vía. Se puso a continuación el problema del modo en el cual dirigirse al Pontífice. Hemos elegido una vía muy tradicional en la Iglesia, las así llamadas dubia.

Porque se trataba de un instrumento que, en el caso de que según su soberano juicio, el Santo Padre hubiera querido responder, no lo comprometía en respuestas elaboradas y largas. Debía sólo responder “sí” o “no”. Y remitir, como a menudo los papas han hecho a autores probados o pedir a la congregación para la doctrina de la fe emitir una declaración conjunta con la cual explicar el “sí” o el “no”. Parecía la forma más simple. La otra cuestión que se planteó es si hacerlo en privado o en público. Razonamos y convinimos en que sería una falta de respeto hacerlo público todo de inmediato. Así se hizo en modo privado y sólo cuando tuvimos certeza de que el Santo Padre no respondería, hemos decidido publicar.

Hemos interpretado el silencio como una autorización para proseguir la confrontación teológica. Y, por otra parte, el problema involucra profundamente tanto el magisterio de los obispos (que, no lo olvidemos, lo ejercitan no por delegación del Papa, sino en virtud del sacramento que han recibido), como la vida de los fieles. Los unos y los otros tienen el derecho de saber. Muchos fieles y sacerdotes estaban diciendo “pero ustedes cardenales, en una situación como esta tienen la obligación de intervenir con el Santo Padre. ¿Para qué otra cosa diferente existen si no es para ayudar al Papa en cuestiones así de graves?”. Comenzaba a abrirse camino al escándalo de muchos fieles, como si nos comportáramos como los perros que no ladran de los que habla el Profeta. Es lo que está detrás de esas dos páginas.

Algunas personas siguen diciendo que no somos obedientes al Magisterio del Papa. Es falso y calumnioso. Justo porque no queremos ser indóciles hemos escrito al Papa. Yo puedo ser dócil al Magisterio del Papa si sé lo que el Papa enseña en materia de fe y vida cristiana. Pero el problema es exactamente esto: sobre los puntos fundamentales no se entiende bien lo que el Papa enseña, como lo demuestra el conflicto de interpretación entre los obispos. Queremos ser dóciles al magisterio del Papa pero el magisterio del Papa debe ser claro. Ninguno de nosotros ha querido obligar al Santo Padre a responder: en la carta hemos hablado del juicio soberano. Simplemente y respetuosamente hemos hecho preguntas. Finalmente, no merecen atención las acusaciones de que queremos dividir a la Iglesia. La división, ya existente en la Iglesia, es la causa de la carta, no su efecto. Cosas en lugar indignas dentro de la Iglesia son, en un contexto como este sobre todo, los insultos y amenazas de sanciones canónicas”.
Otro cardenal firmante, el alemán Walter Brandmüller, también concedió una entrevista al periódico italiano La Stampa. Tratando el tema de las dubia dijo: “Las dubia intentan promover en la Iglesia el debate, como está ocurriendo”. Y añade: “Nosotros los cardenales esperamos la respuesta a las dubia, en cuanto una falta de respuesta podría ser vista por amplios sectores de la Iglesia como un rechazo de la adhesión clara y articulada a la doctrina definitiva” (Cf. La Stampa, 26.12.2017). Este cardenal fue citado en público por el mismo Papa unos días antes de la publicación de esta entrevista; fue citado en relación a una experiencia del mismo Papa Bergoglio con él al final del encuentro con los cardenales en ocasión de las felicitaciones navideñas de 2016 el 22 de diciembre (puede leerse la referencia en la web del Vaticano)

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Las dudas, sin embargo, fueron simplificadas o descalificadas no obstante que la materia que trataban iba mucho más allá de si dar o no dar el cuerpo de Jesucristo a personas divorciadas y vueltas a unir en un matrimonio civil.

La primera duda versaba sobre la posibilidad o no de dar la absolución sacramental a una persona que continúa viviendo en pecado mortal; la segunda cuestiona acerca de si siguen existiendo verdades morales absolutas que prohíben acciones intrínsecamente malas o no; la tercera toca la afirmación o no de la existencia de situaciones objetivas de pecado grave habitual; la cuarta gira en torno al hecho de que las circunstancias o intenciones no pueden cambiar un acto intrínsecamente deshonesto en honesto por su objeto o si es ya posible; y la quinta, finalmente, interroga sobre si debe seguirse considerando que una conciencia creativa nunca estará legitimada para dar excepciones a las normas morales absolutas que prohíben acciones intrínsecamente malas por su objeto.

Pero la voz de los cuatro cardenales no fue la única que se hizo escuchar en el intervalo entre la publicación de sus dudas y el mes de febrero de 2017. De hecho, no fueron sólo eclesiásticos los que manifestaron adhesión a la iniciativa de los cardenales o afinidad en las cuestiones planteadas.

El filósofo católico en vida más importante del mundo, Robert Spaemann, concedió una entrevista al diario digital La Bussola Quotidiana en la que, entre otras cosas, refiere en relación a la tercera duda de los cardenales: “Es un grave error pensar que la subjetividad es el último criterio para la administración de los sacramentos. También es cierto que toda acción que va contra la conciencia es mala, pero también se puede actuar de acuerdo con una conciencia errónea. Esta es la clara enseñanza de Santo Tomás de Aquino” (cf. “El Magisterio se ha «degradado» por la negativa de respuesta del Papa a los cuatros cardenales”, InfoCatólica, 06.12.2016).

En todo este contexto otros influyentes filósofos publicaron una carta abierta al Papa Francisco en la que le piden la condenación de ocho tesis (sin referir si están o no implícitas en Amoris Laetitia. Véase el original: “An open letter to Pope Francis”, First Things, 09.12.2016). Los nombres de esos dos filósofos son sobradamente conocidos dentro y fuera del mundo académico católico pues son los dos autores de filosofía moral más importantes del mundo, autores de manuales y libros de texto base en seminarios y universidades católicas y no sólo: John Finnis y Germain Grizes.

Grizes y Finnis redactaron las tesis formulándolas en sentido erróneo para facilitar al Papa la condenación:
A: Un sacerdote que administra el Sacramento de la Reconciliación puede a veces absolver a un penitente que carece de propósito de enmienda respecto de un pecado en materia grave que pertenece a su forma de vivir continua o que es habitualmente repetitivo.

B: Algunos de los fieles son demasiado débiles para cumplir los mandamientos de Dios; aunque estén resignados a cometer pecados en materia grave continuos y habituales, pueden vivir en gracia.

C: No existe ninguna regla moral general que no admita excepciones. Incluso los mandamientos divinos que prohíben clases específicas de actos están sometidos a excepciones en algunas situaciones.

D: Aun cuando algunos de los preceptos o mandamientos de Dios parecen exigir que uno nunca elija un acto de una de las clases a los que ellos se refieren, en realidad esos preceptos y mandamientos son reglas que expresan ideales y que identifican bienes que uno siempre debiera servir y esforzarse por realizar lo mejor que pueda, atendidas las propias debilidades y la situación concreta, compleja, de cada uno, que puede exigirle a uno elegir un acto en contraste con la letra de la ley.

E: Si uno tiene en cuenta su situación concreta y sus limitaciones personales, su conciencia puede a veces discernir que realizar un acto de cierta clase incluso contraria al mandamiento divino será hacer lo mejor de que uno es capaz para responder a Dios, que es todo lo que Él reclama, y entonces uno debe elegir realizar ese acto, pero también estar dispuesto a conformarse plenamente al mandamiento divino, si y cuando uno sea capaz de hacerlo.

F: Elegir provocar la excitación o la satisfacción sexual de uno o de otro u otros es moralmente aceptable a condición solamente de que (1) ningún adulto tenga contacto corporal con un niño; (2) no sea tocado el cuerpo de ningún participante sin su consentimiento claro y libre tanto respecto del modo como de la extensión del contacto; (3) no se haga conscientemente nada que provoque o cree un riesgo excesivo de daño físico significativo, transmisión de alguna enfermedad o embarazo no deseado; y (4) no se transgreda ninguna norma que rija la conducta en general.

G: Un matrimonio sacramental consumado es indisoluble en el sentido de que los esposos deben siempre fomentar el amor matrimonial y no deben nunca elegir disolver su matrimonio. Pero por causas fuera del control de los esposos y/o por faltas graves de al menos uno de ellos, su relación humana como pareja casada a veces se deteriora hasta que deja de existir. Cuando la relación matrimonial de una pareja ya no existe, su matrimonio se ha disuelto, y al menos una de las partes puede legítimamente obtener un divorcio y casarse de nuevo.

H: Un católico no necesita creer que muchos seres humanos terminarán en el Infierno.
Nadie esperaba que David Berger, un célebre teólogo alemán, saliera en defensa de la legitimidad de las dudas planteadas. No se esperaba porque uno de los cardenales firmantes, el cardenal Meisner, le quitó las licencias para enseñar cuando en 2010 David se declaró homosexual: “No puedo tener una opinión en la discusión el día de hoy basada en mi mala experiencia con él (Meisner). Eso sería puro subjetivismo. La pregunta es si Meisner y Burke (y los otros cardenales) tienen razón o no”. Y añadió: “Ahora hay un deseo de suprimir elementos básicos centrales de la enseñanza moral de la Iglesia –que son irritantes para el espíritu de la época– y Amoris Laetitia da pie para eso. La intención [de quienes sostienen esta opinión] es que la enseñanza de la Iglesia debe actualizarse. Que algunos cardenales luchen contra esto firmando las dubia no es sólo su derecho, sino su deber. Su oficio les insta a luchar por la integridad de la enseñanza de la Iglesia sobre la fe y la moral llegando a derramar su sangre si es necesario” (cf. “Openly gay theologian defends four Cardinals: ‘I want a Church that speaks plainly’”, LifeSiteNews, 05.12.2016).

El 1 de febrero de 2017 una asociación de sacerdotes católicos (Cofraternidades del Clero Católico, con más de mil sacerdotes británicos, irlandeses, australianos y estadounidenses entre sus filas) respaldaron también con una declaración las dubia de los cardenales.

Ciertamente no era la primera ni la única manifestación de adhesión y apoyo a las dubia. El 8 de diciembre de 2016, 23 académicos y pastores daban a conocer una primera declaración de apoyo por parte del mundo intelectual.

De forma personal un significativo número de obispos y cardenales han salido en apoyo sea de la legitimidad de las dubia, sea de su contenido u oportunidad.

Por su naturaleza espiritual una de las iniciativas más bellas ha sido la de los obispos de Kazajistán y su “Llamada a la oración: para que el Papa Francisco confirme la práctica invariable de la Iglesia sobre la verdad de la indisolubilidad del Matrimonio”.

Un tanto menos formal y con un tinte de ironía fue lo que hizo el cardenal Napier por medio de su cuenta de Twitter: “Si los occidentales en situaciones irregulares pueden recibir la comunión, ¿le vamos a decir a nuestros polígamos africanos que a ellos también les está permitido?” (05.02.2017).

El presidente de la comisión para la familia de la Conferencia Episcopal Polaca, Jan Watroba, refirió al diario Die Tagespost que la iniciativa de las dubia son “la expresión de un compromiso y de una preocupación por la recta interpretación de la enseñanza de Pedro", lo cual exige "una respuesta clarificadora", tanto más ahora que cada obispo y pastor se encuentra "abrumado por preguntas similares".

Por su parte el presidente emérito del Pontificio Consejo Justicia y Paz, cardenal Renato Martino, declaró al diario La Fede Quotidiana (16.12.2016) que “es lícito en temas de doctrina dirigir al Papa una opinión y también es justo responder, sobre todo porque ese caso por caso del cual habla Amoris Laetitia efectivamente puede prestarse a interpretaciones dudosas”.

Y en la misma dirección va el pensamiento del cardenal Pell (véase The Catholic Herald, 29.11.2016) y del cardenal Cordes: “Con un tono objetivo, los cuatro cardenales han pedido la eliminación de las dudas sobre el texto. Se encontraron con una protesta desproporcionada. No pude entender esta indignación” (véase Kath.net, 12.06.2016).

Posiciones contrarias sobre un mismo texto 
Y a todo esto, ¿pero es que realmente el panorama eclesial manifiesta lo que el cardenal Cafarra comentó en sus entrevista (“La división, ya existente en la Iglesia, es la causa de la carta, no su efecto”)?

Esa parece ser también la impresión del obispo de Portsmouth, Inglaterra, Mons. Philip Egan, quien mediante un tuit desde su cuenta personal, pedía oraciones por la Iglesia a causa de la problemática surgida a raíz de Amoris Laetitia.

En la misma línea se ha pronunciado Mons. Athanasius Schneider en entrevista con TV libertes el 4 de diciembre de 2017.

El actual prefecto del dicasterio para el desarrollo humano del Vaticano, cardenal Turkson, incluso sugirió un debate “Para todas estas personas que han dicho cosas, cosas escritas, cada una en sus propios diferentes contextos, una gran cosa que podría pasar es tenerlos todos en el escenario” (véase entrevista con el National Catholic Register, 01.12.2016).

La realidad es que hay obispos y conferencia episcopales que han interpretado y comenzado a aplicar de un modo rupturista con el Magisterio precedente la exhortación apostólica de Francisco. Es el caso de los obispos argentinos de la región de Buenos Aires (véase “Obispos de la región Buenos Aires dan criterios pastorales sobre divorciados en nueva unión”, AICA, 13.09.2016) o los obispos malteses mediante la “Guía para la interpretación del capítulo VIII de Amoris Laetitia”, concretamente en el punto 10 del documento (luego republicado nada menos que en las páginas de L´Osservatore Romano).

A inicios de febrero de 2017 los obispos alemanes abrieron también la puerta a la comunión de personas divorciadas vueltas a casar civilmente (el documento puede verse en la web de la conferencia episcopal alemana, si bien una vez más L´Osservatore Romano se hizo eco de esta línea aperturista y lo publicó en sus páginas). En torno a la supuesta unanimidad de voto aprobatorio para el documento por parte de los obispos alemanes y referido inicialmente por el cardenal Marx hubo quien hizo sus puntualizaciones (es el caso de Edward Pentin en su blog en el Register).

En la diócesis de Palermo, Italia, la línea maltesa y alemana también es la nueva realidad pastoral: primacía de la conciencia y acceso indiferenciado a la Eucaristía (véase “Divorzio: documento diocesi Palermo, Lorefice “Nessuno è escluso”, AGI, 27.01.2017.

Pero también hay quienes han interpretado la misma exhortación pontificia en continuidad con las enseñanzas que la Iglesia siempre ha proclamado.

Es el caso del obispo de Chur, Suiza, Mons. Vitus Huonder quien publicó también las normas aplicativas de la Amoris Laetitia en su diócesis (véase en este enlace).

En Brasil Mons. Antonio Rossi Keller difundió en su diócesis una nota pastoral que interpreta en la misma línea Amoris Laetitia e incluso llegó a declarar que modificar la doctrina en nombre de la pastoral es «una verdadera ofensa para el ejército de los santos de la Iglesia que derramaron su sangre en defensa de la doctrina del matrimonio tradicional». 

En Filadelfia el arzobispo Charles Chaput y en Los Ángeles el arzobispo José Gómez, publicaron directrices pastorales para la aplicación de Amoris Laetitia en sus circunscripciones eclesiásticas y en continuidad con el Magisterio de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI. En el caso de Filadelfia, el hecho mereció la crítica del cardenal Kevin Farrell, a quien el mismo Chaput respondió públicamente por medio de la agencia de noticias de la Conferencia Episcopal Americana recordándole que en cada diócesis es el obispo titular el responsable de la unidad en la fe.

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En la entrevista de Il Foglio al cardenal Cafarra que hemos citado más arriba, el purpurado relata uno de los conflictos a los que el día de hoy se enfrentan muchos sacerdotes: los de conciencia ante todo este panorama.
“He recibido la carta de un párroco que es una fotografía perfecta de lo que está sucediendo. Me escribía: “En la dirección espiritual y en la confesión no sé qué más decir. Al penitente que me dice: “Yo vivo para todos los efectos como marido con una mujer que es divorciada y ahora la Eucaristía se me cierra”, le sugiero un camino, con el fin de corregir esta situación. Pero el penitente me detiene e inmediatamente responde: “-Espere, padre, el Papa ha dicho que puedo recibir la Eucaristía, sin tener el propósito de vivir en continencia”. Ya no puedo soportar más esta situación. La Iglesia me puede pedir cualquier cosa, pero no traicionar mi conciencia. Y mi conciencia hace objeción a una supuesta enseñanza pontificia de admitir a la Eucaristía, dadas ciertas circunstancias, a los que viven more uxorios sin estar casados.

Así escribía el párroco. La situación de muchos pastores de almas, me refiero sobre todo a los párrocos es esta: se encuentran en los hombros con una carga que no son capaces de llevar. Es esto en lo que pienso cuando hablo de gran confusión. Y hablo de los párrocos, pero muchos fieles permanecen aún más confundidos. Estamos hablando de cuestiones que no son secundarias. No se está discutiendo si el pescado rompe o no rompe la abstinencia. Se trata de cuestiones gravísimas para la vida de la Iglesia y para la salvación eterna de los fieles. No olvidemos nunca: esta es la ley suprema de la Iglesia, la salvación eterna de los fieles. No hay otras preocupaciones. Jesús fundó su Iglesia para que los fieles que tenga la vida eterna, y la tengan en abundancia”.
¿Qué opción ante este panorama? De no llegar una respuesta del Papa en cuanto Papa (la respuesta que dio a los obispos argentinos fue de carácter privado, no un acto de magisterio), no sólo un sacerdote sino cualquier católico podría decir aquello que el beato Newman escribía al duque de Norfolk y que aquí aplicamos a interpretaciones rupturistas de Amoris Laetitia:
“Ciertamente si yo pudiese brindar por la religión después de una comida, lo que no es muy indicado hacer, brindaría por el Papa. Pero antes por la conciencia y luego por el papa”.
Acerca de cómo debe interpretarse esta afirmación podría leerse la explicación del mismo Newman a la luz del contexto inglés de la época. Pero también es válida la que hizo Joseph Ratzinger en aquella célebre relación donde trata el binomio verdad-conciencia y que es el punto de llegada de este artículo:
“Para Newman, el término medio que asegura la conexión entre los dos elementos de la conciencia y la autoridad es la verdad. No vacilo en afirmar que esa es en realidad la idea central de la concepción intelectual de Newman; la conciencia ocupa un puesto central en su pensamiento precisamente porque en el centro está la verdad. En otras palabras, el carácter central del concepto de conciencia está ligado en Newman al carácter precedentemente central del concepto de verdad y sólo a partir de esta puede expresarse”.